Pelo Malo
La madre de la intolerancia
Por Martín Valverde Watson Publicado en Carretera, Vistarama en 25 agosto, 2020 0 Comentarios 8 min lectura
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Todo mundo tenemos cabello (algunos más, algunos menos) y, por cuestiones psicológicas o culturales, la forma en que lo peinamos nos es de suma importancia. Corto, largo, a rapa, en tirabuzones, relamido con gel, sujetado en un moño o esponjado en un afro, de la forma que más nos plazca, es una de nuestras señas más fuertes de identidad cultural. También lo puede ser de estatus y, por supuesto, de individualidad.

Existen tres tipos de cabello en función de su estructura biológica: lisótrico, cinótrico y ulótrico. O, lo que es igual: el liso, el ondulado y el rizado. El que te toca al nacer lo determina tu genética. Simple, ¿verdad? Pues no, porque luego no es raro para una persona estar en desacuerdo con sus genes capilares. Y el que es lacio se enchina el cabello y el que tiene rizos a veces prefiere plancharlos. Tal es el caso de Junior, el protagonista de esta película, quien no quiere tener más el pelo malo.

Pelo Malo (Mariana Rondón, 2013) nos cuenta la historia de Junior, un niño que tiene el pelo crespo (chino o colocho, como decimos aquí), y se lo quiere alaciar para sacar una foto de carnet de la escuela. Y lo quiere liso, porque así lo llevan los cantantes de pop que tanto admira y lo que sueña con ser algún día. Quien está en contra de todo esto es Marta, su madre, que reacciona de forma desmedida cada vez que descubre a su hijo peinándose de tal forma. También recibirá burlas de los vecinos cuando salga con el pelo alisado a la calle. Y es que en la Venezuela que nos presenta la película, la imagen importa. Y mucho.

Hay una escena, al principio de la película, en la que Junior y su amiga van a visitar al fotógrafo del barrio, para que les haga la foto. Éste le señala a Junior la imagen de un niño con corte militar (boina roja y arma de fuego incluidos) como modelo de niño ideal. Claro que Junior reniega y grita que él se hará la foto con el pelo lacio. Al final no se hacen la foto, porque no llevan dinero. Más adelante, vuelven a ese lugar para que la amiga se haga su foto disfrazada de princesa, a imitación de las miss universo que tanto ve en la tele; y como Junior no ha conseguido convencer a su madre para que le dé dinero, no se hace la foto. Entonces, la amiga vuelve a insistir en que se corte el pelo, ya no solo para la foto, sino para que su madre lo quiera. Esa frase sin duda es la que revela el verdadero conflicto de la película.

¿Pero qué pasa con Marta que es tan dura con Junior? Conforme la historia avanza, entendemos que su desproporcionada reacción para no dejar que su hijo se alise el pelo tienen una justificación: una muy horrenda que se basa en prejuicios y fobias. Me resulta difícil hablar del tema central de la película sin revelar el giro central de la trama. Si el lector prefiere descubrir este giro por sí mismo, puede ir ver la película en Amazon Prime y luego regresar a esta reseña. Y si no le importan los spoilers

En palabras de Mariana Rondón, el tema central de la película es la intolerancia hacia sensibilidades diferentes. En este caso, las que posee el protagonista. La película nunca es clara en cuanto la sexualidad de Junior, pero insinúa constantemente que no es como los demás niños. Para empezar, está lo de soñar con ser artista. Por eso canta, baila y se alisa el pelo. Luego está la admiración que siente por un chico metrosexual, mayor que él, aunque no interactúen mucho. También están las pequeñas manías, como preparar con delicadeza su comida o hacer figuras eróticas con fósforos. Y finalmente, está la historia que nunca se cuenta (pero a la que hacen referencia varias veces) de algo que ocurrió con Junior, en la línea de tiempo justo antes de empezar la película, en carnaval, y por lo cual Marta perdió su trabajo como vigilante. Todos, detalles son quizá demasiado sutiles para lo que necesitaba el filme.

Y lo digo porque la escena en que los espectadores descubrimos que Marta tiene miedo de que su hijo se vuelva homosexual, se siente desconcertante, forzada y salida de la nada. Además de que se nos presenta como un diálogo lleno de exposición, entre ella y un pediatra que apenas ha aparecido otra vez y no vuelve a salir más, lo cual es indicativo de que el trabajo de planting ha sido demasiado sutil. Creo que a la narrativa le habría venido bien hacer explícita, desde el principio, la naturaleza del conflicto entre madre e hijo, porque es a partir de este momento cuando la película agarra vuelo y los personajes, que hasta entonces habían sido un cúmulo de tópicos del cine social, se vuelven verdaderamente tridimensionales, sobre todo, el de Marta.

Ver un film de una madre que siente profundo desprecio por uno de sus hijos, al grado de considerar deshacerse de él y dárselo a alguien más para que lo críe, es bastante incómodo, porque rompe con nuestras expectativas de lo que se supone debe ser una madre. Sin embargo, a Marta la llegamos a conocer muy bien, y una y otra vez vemos cómo su realidad la supera. Y nosotros, a un nivel racional, la comprendemos. Por eso conmocionan más los esfuerzos infructuosos de Junior por ganarse su cariño, quien al final de la película termina por cortarse el pelo (con todo el simbolismo de ello), para complacer a su madre. Pero bien sabemos que ni así obtendrá el cariño de ella. Y esto será, como ocurre en tantísimos casos, la eclosión de un sentimiento de intolerancia en el mismo Junior, uno que perpetúa más un ciclo vicioso de deshumanización, como el que presenta la película.

Este es un drama que explora la naturaleza oscura de una relación madre e hijo, que confronta al espectador y no lo deja indiferente. Y me encanta cuando eso ocurre. Además debo decir que Mariana Rondón, con una mirada sobria en la cámara y en la puesta en escena, consigue capturar de manera sublime estos momentos, para que no se sientan melodramáticos, sino reales. Por eso me frustro más, por la peli que pudo ser de haber sido más explícita desde el principio en su conflicto. Y eso que la primera parte tiene momentos muy bellos, que intiman en la sensibilidad especial del protagonista, como la escena en que Junior baila con su abuela la canción de «Mi Limón, Mi Limonero», o mi escena favorita, que es cuando se ponen a observar lo que hacen los vecinos en su bloque de edificios.

Sin embargo, creo que es este divorcio de tonos, entre intimista e hiperdramático, el mayor problema que yo tengo con esta película. Pese a esto, creo que Pelo Malo, como filme de corte social y de cierto aire neorrealista, logra su cometido: el de retratar la intolerancia a una sensibilidad distinta (a. k. a. homosexualidad). Por cierto, en esta reseña solo he hecho hincapié en la discriminación que vemos en el estrato más evidente de la historia, que es en el ámbito familiar; pero la película contiene suficientes elementos para extrapolar este discurso a un nivel mayor, sea comunitario o nacional. En este caso, vemos una Venezuela tan enferma como su mandatario, quien por cierto eligió cortarse el pelo para disimular los efectos de la quimioterapia. Y es que la imagen, como ya dijimos al principio, importa y mucho.

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