Leer en compañía
Por Julián Osorno Publicado en Carretera en 22 agosto, 2020 0 Comentarios 8 min lectura
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La crítica literaria, dice George Steiner, debería surgir de una deuda de amor. Si esto se cumpliera, el oficio del crítico tendría que ser, necesariamente, un ejercicio de admiración e inteligencia, un gozoso intento de contar a otros la pasión por ciertos autores. Por supuesto, la nómina de escritores venerados debe ser, si se quiere presumir de salud lectora, anticanónica; deben estar en ella los grandes, sin duda, pero también los olvidados, los raros, los marginales.

De eso se trata, el libro de ensayos de Juan Villoro, asume la crítica como una deuda amorosa. Aún más: como una deuda de amor anticanónica; actitud ya anunciada desde su primera obra ensayística, Efectos personales, donde conviven en libertadValle-Inclán, Rulfo, Monterroso, Rossi, Pitol, Fuentes, Schnitzler, Bernhard, Nabokov, Stevenson, Burroughs y Calvino. En esta su segunda entrega de héroes narrativos, están lo mismo Shakespeare y Cervantes que Onetti y Saer o Aira y Lowry. La variedad de escritores convocados responde a una creencia: ensayar es conversar, leer en compañía.

A diferencia de Efectos personales, De eso se trata es un libro menos unitario; quizá porque los escritores aquí comentados cubren un arco temporal que va del siglo XVI a finales del XX. La diversidad se debe al ecléctico gusto lector de Villoro, pero también al origen de los textos: algunos, escritos a petición de editores; otros, redactados para congresos o coloquios literarios. La naturaleza de los ensayos resta unidad al libro: hay autores incluidos (me refiero a los de la segunda mitad del siglo XX) que aún no pasan la prueba del tiempo. El lector juzgará.

Villoro, Juan. De eso se trata. Ensayos literarios, 2008. Anagrama, Barcelona.

Organizado en siete apartados (Shakespeare, Cervantes; Ilustrados con paisaje; Escrituras secretas, identidades públicas; Chéjov; Tres veces Hemingway; Eminentes exaltados y Onetti), De eso se trata debe su nombre a la atinada traducción que hizo Tomás Segovia del dilema hamletiano (to be or not to be, that is the question). Segovia optó por la sencillez y naturalidad de una frase que parece nacida de nuestro idioma, como bien señala Villoro.

Desde el prólogo, Villoro presenta sus credenciales. Se trata de un libro de ensayos facturado por un narrador, un agudo conocedor del pánico que causa la hoja en blanco. Al revés de lo que ocurre con sus ficciones, en estos ensayos, nos promete, será sincero y compartirá los descubrimientos de un lector de a pie. Una vez más cumple lo dicho por Steiner en Tolstói o Dostoievski: los críticos literarios tienen cierto «instinto primario de comunión» que los empuja «a transmitir a otros la calidad y la fuerza de su experiencia». Villoro, consciente de esto, asume con sinceridad el papel de médium literario para convocar ante nosotros las almas de sus escritores queridos.

De eso se trata, menos unitario que el libro que le antecedió, comparte una similitud con aquél: posee un estilo ágil. Lejos de la aridez del lenguaje académico, en su escritura, Villoro pone en juego la invención del narrador nato y el asombro del lector gustoso. El resultado: un pulso narrativo capaz de descubrir los mecanismos secretos de los escritores que comenta y de condensar en pocas líneas su poética de la imaginación. Dichas líneas son, en la mayoría de los casos, afortunadas.

En este libro también es evidente el tacto del periodista. Entre el comentario exacto y la observación aguda, Villoro inserta la anécdota ligera y el humor picante, a veces intencionadamente mala leche (sin ello, el libro no sería tan efectivo, a mi parecer). Un ejemplo: de Malcom Lowry comenta que su borrachera duró más o menos treinta años y «se sentía humillado del tamaño de su pene». Villoro hace del chisme materia narrativa, confecciona sus observaciones con datos que pueden resultar nimiedades para ojos expertos, pero que a él le sirven para delinear caracteres, perfiles, enfermedades, tics de los escritores. Sí, parece decirnos Villoro, sus héroes narrativos fueron de este mundo. El lector que lo acompaña en la travesía, por supuesto, agradece que su estilo esté lejos de la fría y sesuda forma que tiene la academia de desmenuzar la literatura.

El arranque del libro comprueba el oficio literario y periodístico de Villoro. Inicia con un tono anecdótico: tomaba un curso impartido por Harold Bloom en la Universidad de Yale, autor que en El canon occidental plantea una lista de escritores imprescindibles, que a algunos les parece definitiva y a otros, autoritaria y antipática. Villoro registra detalles mínimos, marginales de esa cátedra, como el cabello blanco, alborotado, de Bloom por la ventisca gélida del ambiente, o los alumnos con gorra de beisbolista dormidos sobre la mesa. Bloom, el «profeta» literario de Occidente, en estado de trance, habla de la invención del sujeto en la literatura de Shakespeare. Pero Villoro, alumno anticanónico y medio rebelde (después de todo, fiel lector de J. D. Salinger y José Agustín), duda del magisterio del crítico: «se asignó el don carismático de decidir la posteridad de la literatura» y creó un «desmesurado hit parade de la palabra».

En cambio, propone su propio acercamiento al autor inglés, su crónica hacia Hamlet, su periplo casi iniciático como lector. El pretexto le sirve para hablar de esa obra, pero también para reconocer la traducción que Segovia hizo de ella. De la escritura en los márgenes Villoro va, necesariamente, al centro. Después de todo, Bloom tiene razón: Shakespeare es imprescindible. De éste a Cervantes hay un paso. Pero todo cambia, todo se reinventa desde otra óptica, desde otro lenguaje. Cervantes inicia la novela moderna, funda todas las técnicas narrativas, hace que realidad y ficción encuentren una zona de convivencia que a veces se confunde felizmente, al grado que, cuentan, a veces el lector se siente más Quijote que el Quijote. En palabras de Barry Gifford, Cervantes también es el inventor de todas las roads novels. ¿Qué más puede agregar Villoro a los estudios hechos a propósito de Shakespeare y Cervantes? Su asombro, el asombro de todos los lectores.

Después de estos clásicos, Villoro hace parada en el siglo XVIII para revisitar las obras y vidas de Casanova, Lichtenberg, Humboldt, Goethe y Rousseau. Algo en común une esta selección: en un siglo espoleado por la fe en la razón, estos pensadores fueron capaces de mantener una pizca de duda y adelantarse, con su crítica, al quebranto del siglo de las luces. Casanova creía que no había nada más profundo que la piel; Lichtenberg hizo una sátira de la fe ciega en la razón; Goethe era consciente que la razón no era suficiente y debía incluir las sinrazones; Rousseau se opuso a la «arrogancia del pensamiento, a la especialización del saber». Villoro no deja cabo suelto: se siente cómodo entre estos escritores y apela a su instinto de lector para señalar sus influencias en la literatura moderna. Con ello, logra retratar no sólo una época, sino también un espíritu.

El dato preciso, manejado como señuelo por Villoro para atrapar lectores, sirve asimismo para comunicarnos sus fervores en el siglo XIX y XX. Así, del siglo XVI y el siglo ilustrado pasamos a una época más familiar y cercana: Anton Chéjov, William Butler Yeats, D. H. Lawrence, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Ernest Hemingway, Malcom Lowry, Josep Pla, Luis Humberto Crosthwaite, Ibsen Martínez, Klaus Mann, César Aira, Juan José Saer y Juan Carlos Onetti. Los intereses, no obstante, siguen apuntando en una dirección: las deudas, los reconocimientos, la tradición sin camisas de fuerza locales… En suma, la pasión de leer, la convicción de que el prisma de lecturas es un fervor, una creencia.

Villoro ha mostrado sus cartas: ensayar es conversar, y escribir, también: sus ensayos han sido pulidos en la conversación por Alejandro Rossi, Sergio Pitol, Enrique Vila-Matas, Margarita Heredia Zubieta y Ricardo Cayuela Gally. Ensayar es compartir en un doble sentido: cuando se escribe y cuando se deja que esa carta de invitación viaje entre las manos de los lectores. De eso se trata.

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