Desiertos infinitos
Por Alberto Chanona Publicado en Carretera, Vistarama en 22 agosto, 2020 Un comentario 6 min lectura
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Succession es tan entretenida como una pecera con tiburones. No hay nada grato ahí. No puede amarse a ningún personaje. No conmueve un solo gesto, de valor, de ira, de perdón. Y si lo hace, no tardarás en sentir vergüenza o, al menos, la incomodidad de ese lugar común –profundamente vacío, como un templo–, que es la soledad de los millonarios. El oro indigna muy seguido (una apuesta por un millón de dólares contra un niño, los viajes en helicóptero para cosas como jugar cascaritas,1 alguna burla cruel casi dirigida al público: «con cinco millones no haces nada»), pero también deslumbra, no lo dudes. Nada de eso basta para justificar tus ojos rojos pegados al vidrio del acuario, a las tres am. Y sin embargo…

La historia sigue la aspiración de los hermanos Roy –Connor (Alan Ruck), Kendall (Jeremy Strong), Siobhan (Sarah Snook) y Roman (Kieran Culkin)– por dirigir el imperio de su padre, Logan Roy: Waystar Royco, un emporio de medios y negocios ligados al entretenimiento y las noticias.

Succession, serie de HBO creada por Jesse Armstrong.

Viejo y enfermo, el retiro de Logan es casi inmininente y debe nombrar un sucesor. Pero ninguno de sus hijos parece tener lo necesario. Como sea, el sociópata señor Roy dista mucho de ser el rey Lear y no parece dispuesto a heredar el puesto a nadie. A veces sí. A veces no. Casi siempre no. Más que un padre manipulador y lejano, Logan es un dios ojete, con intenciones ilegibles, que creó un mundo que le pertenece. No es metáfora. En algún momento, Siobhan reclama el machismo del padre y la espectral junta de accionistas, que le impide dirigir la empresa. «Yo no inventé al mundo», responde el mentiroso Logan. Cualquiera sabe el papel que las empresas de medios han jugado durante décadas, moldeando en todas partes el pensamiento de la sociedad, el humor, el deseo, los sueños y aspiraciones, el machismo… Ése es el mundo que Logan ha creado y del que se enorgullece. Está ahí para gobernarlo, con reglas que además cambian a su antojo y en las que es mejor que nadie. Porque en su tablero –en todo igual al mundo real–, para ser el mejor hay que ser el peor. Logan lo es. Pero su competencia aprende rápido.

¿Será ésa la intención de Logan? Te lo preguntarás seguido, cada vez que se le escape (¿o calcule?) un cariño, una nota tierna. Y fracasarás cada una de esas veces. Si las decisiones de Logan esconden una enseñanza para sus hijos, nos enteraremos al final. No antes.

Mientras tanto, lo que les da es pura mala leche. Y sí, puede ser que de forma calculada. Lo sospechamos por su sonrisa al final de la segunda temporada, pocos minutos después de decirle a ese animal herido que es su hijo Kendall: «You’re not a killer. You have to be a killer». Toma eso, hijito, y ve con dios. O con el diablo.

La tremenda respuesta de Kendall –las palabras que elige, su minucioso trabajo de manipulación con el primo Gregory, la línea de fuego que abre– ¿entra en el cálculo de Logan?

You’re not a killer.

La respuesta, si la hay, será parcial, como todas las respuestas en Succession. Y llegará pronto, en la tercera temporada.

¿Por qué verla?

Si te interesan los medios como protagonistas de la noticia, los cambios que han traído en el consumo informativo la internet y las redes sociales; si has seguido las noticias al respecto durante los últimos diez años, es probable que Succession te gane pronto. La serie se engolosina con guiños nada sutiles a la realidad. Por ejemplo: Logan y Kendall Roy te recordarán inevitablemente a Rupert y James Murdoch; o Connor, el hijo idiota, cuyas ambiciones presidenciales darían risa, de no ser porque ya vimos cómo acabó nuestra risa luego que Trump ganara sus primeras elecciones (y el camino seguido por sus dolorosos equivalentes en varios países del mundo); o Fox News, cuya versión ficticia es un canal de tv que encumbra a personas genuinamente convencidas de que la verdad es algo, digamos, subjetivo. Etcétera.

Pero si no te sientes capaz de aguantarte la indignación ante el estilo de vida de gente que ni siquiera sabe el costo de un litro de leche (de las tortillas no dicen nada, Enrique, te salvaste), que quizá nunca haya visto un billete ni de lejos, que asiste a fiestas que deleitarían la imaginación de Kubrick en el siglo XXI, que a veces se alimentan de cuerpos pequeños, crujientes, de formas que son metáforas de… ¿de qué? Bueno, quizá Succession no sea tu tipo de serie.

Enseñando al primo Greg a ser rico: «hay quien dice que es para ocultar el placer… o la vergüenza».

Repasemos: intrigas familiares, la soledad millonaria de los hijos solos, la imposible aprobación de un patriarca/dios, manipulación, amarillismo, corrupción, mentiras, crímenes sexuales, el dinero, el chingo de dinero, todo lo que el dinero puede comprar y también lo que no, pero lo compra y al comprarlo se burla: de los niños, de los artistas, de quien sea; dinero en proporciones lejos, muy lejos de la imaginación del 90 por ciento de la especie humana. Y aun así, la motivación de ninguno de los personajes (bueno, sí, de ese buen semejante primo Greg, tal vez) es ni de lejos el dinero. Acaso, ni el poder. El trono de hierro aquí es ante todo una metáfora y puede que ni exista.

Hay más. Hay arcos shakespeareanos y diálogos que son áspides, tiroteos verbales furiosamente premeditados, veloces y malignos, con algo del Fincher de House of cards y de La red social. Hay una genial atmósfera perturbada, bien resumida por el intro de la serie, que protagoniza un piano con notas estridentes de última octava y un rodaje casero que semeja uno de 8 mm sobreexpuesto, donde unos niños solos juegan al tenis, jalan un pony, pasean en elefante o se toman una foto de familia; y un padre, también solo, que se aleja incomprensible a cada oportunidad. Hay un mundo distante, muy, muy distante y sin límites a la vista. Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.*2

Esta reseña es publicada bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).

El Boticario

Cocteles de autor.
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  1. Y eso que en Chiapas tenemos experiencias con familias que usan helicópteros hasta para ir por tacos; esto no hace referencia a ningún lamentable exgobernador güerito, no empieces.  (Regresar)
  2. La última oración es, en realidad, un verso de una de las versiones de «Entre la piedra y la flor», de Octavio Paz.  (Regresar)

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  1. Exacto en Chiapas usaban el helicóptero para todo, me consta ver bajar a artistas para el cumpleaños de un güerito muy famoso, y para cuando su mamita quería ir de compras, todo esto me tocabs ver cuándo lavaba ropa en la azotea de mi antigua casa.

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