Sueño en otro idioma
¿Por qué salvar una lengua?
Por Martín Valverde Watson Publicado en Carretera, Vistarama en 11 agosto, 2020 3 Comentarios 8 min lectura
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Cuando se estrenó, hace tres años, no pude ver Sueño en otro idioma (Ernesto Contreras, 2017) en salas comerciales. Se me pasó. Por suerte, sí asistí a una presentación especial en el IFAL, en la que al final hubo una sesión de preguntas y respuestas con su guionista, Carlos Contreras. Salí encantado. De esas veces que dices «qué buena historia, carajo». Luego, a los meses, me enteré que había ganado el Ariel a mejor película, lo cual me puso contento. Sin embargo, no fue hasta que recientemente volví a verla (en Amazon Prime, por si les interesa), cuando realmente entendí por qué me había gustado tanto. Pero antes, la sinopsis.

Sueño en otro idioma nos cuenta la historia de Martín, un lingüista que llega a un pueblo en medio de la selva para estudiar el zikril, un idioma del que apenas quedan tres hablantes nativos con vida: Jacinta, Isauro y Evaristo. Para mala fortuna de nuestro protagonista, la primera muere al principio de la película, el segundo no habla español y el tercero odia a muerte al segundo por algo que ocurrió en el pasado. Martín pasará medio metraje intentando contentar a esos dos señores para salvar el zikril.

Es por el «sueño» de Martín, de salvar una lengua que no es suya, que surge en el espectador la primera gran pregunta que plantea la película: ¿por qué es necesario salvar una lengua que en la práctica está muerta?

Soñar en otro idioma

Un lenguaje está compuesto por signos fonéticos y gestuales. Palabras y señas con que construimos significados y significantes del mundo que nos rodea y de nuestro mundo interior. Es decir, la lengua que hablamos y nuestros gestos son también el prisma a través del cual vemos al mundo y a nosotros mismos. Es, pues, nuestro primer y más significativo signo de identidad. Esa identidad se extrapola no solo al individuo, sino a una comunidad, a un pueblo y en algunos casos trasciende fronteras. El inglés, el francés, el chino, el árabe, el portugués y el español son algunos ejemplos de estos idiomas que se hablan fuera de sus fronteras originales y son, de facto, los más hablados del mundo. La tendencia indica que el número de hablantes de estas lenguas seguirá creciendo, en detrimento de otras minoritarias.

Pongamos el caso de nuestro país. En México se habla español y 68 lenguas indígenas (cifra que aumenta a 364 si contamos sus variantes lingüísticas). Cada una de ellas está ligada a un pueblo, una cultura, una cosmovisión. Hablamos de una herencia milenaria tremendamente diversa y rica, en peligro de desaparecer por fenómenos como la exclusión social y la globalización.

Lluvia, la nieta de Evaristo, prefiere aprender inglés antes que estudiar zikril. Ella, como muchos mexicanos, sueña con irse a vivir a Estados Unidos. Lluvia, a su manera, sueña en otro idioma.

La película es una representación de ese fenómeno. A Isidro, que no habla español, lo llaman «el indio loco» y los niños del pueblo se divierten molestándolo. Mientras que Lluvia, la nieta de Evaristo, prefiere aprender inglés antes que estudiar zikril. Ella, como muchos mexicanos, sueña con irse a vivir a Estados Unidos. Lluvia, a su manera, sueña en otro idioma.

Esta realidad ha puesto a 60 por ciento de las lenguas de nuestro país en peligro de desaparecer. Algunas como el ku’ahl, el awakateko, el ixil nebajeño o el ayapaneco están ya al borde de la extinción. Este último por ejemplo, es un caso paradigmático: solo le quedan dos hablantes, don Manuel y don Isidro. A mediados de los dosmiles saltó en los medios la noticia de que don Manuel y don Isidro se habían peleado y no se hablaban, condenando así al zoque ayapaneco (una variante lingüística del mixe-zoque de Tabasco) a desaparecer. Tal vez así habría sido, de no ser porque James A. Fox, un profesor de Stanford, fue hasta su localidad y logró que se reconciliaran.

Claro, Raymond van deer Kaaij, uno de los productores, leyó en aquel momento esa historia en los medios y se la presentó al director Ernesto Contreras para realizar la película. Ernesto a su vez involucraría a su hermano Carlos en el guion y fue éste quien plasmaría la historia final en papel.

A mitad del proceso de escritura, se dieron cuenta de que no podían utilizar una lengua real en la película, porque eso significaría apropiarse de su herencia cultural (uso común en el cine que da para todo un debate). Por eso prefirieron contratar un lingüista y crear el zikril desde cero. Luego lo trabajarían durante meses con los actores, para que el idioma artificial no les estorbara en la interpretación. El resultado, debo decir, es bastante convincente. Por cierto, el casting y las actuaciones de la película están muy bien logrados y llegan a ser muy conmovedoras.

Y ya que hablamos del equipo creativo detrás, hay que resaltar su magistral manejo del lenguaje cinematográfico. Porque el cine, como se sabe, también posee un lenguaje propio, uno audiovisual. Cada elemento de la película está finamente hilado: desde la dirección y la cuidada puesta en escena, pasando por la hermosa fotografía de Tonatiuh Martínez, el sobrio diseño de producción de Bárbara Enríquez, la música de Andrés Sánchez y, sobre todo, la edición de Jorge Macaya. La forma en que se entrecorta el presente con el pasado es un recurso que impulsa la narrativa a otro nivel de calidad.

Mundos que se pierden

Pero volviendo al tema, ¿de qué sirve salvar una lengua? Hay decenas de ejemplos de palabras cuyo concepto no se puede traducir a otras lenguas de forma literal. En el caso del español está la palabra sobremesa (el tiempo que se pasa después de comer, platicando con aquellos con quienes has compartido la comida); en inuit, está iktsuarpok (el sentimiento de anticipación que te hace seguir mirando afuera, para ver si alguien viene). Pero también hay conceptos como el tiempo, el espacio o el color, únicos en algunos idiomas. Los hopi, por ejemplo, no tienen tiempos verbales. Las cosas ocurrieron o no ocurrieron, nada más. Los zuni no diferencian entre amarillo y naranja, pues para ambos colores existe una sola palabra. Y así, con cada idioma que existe en el mundo. Por eso, cuando una lengua muere, no solo mueren las palabras, sino una forma de ver y entender el mundo.

Por eso Martín se esfuerza tanto en contentar a Evaristo y a Isauro. Y por eso mismo incurre en lo que se supone que los investigadores no deben: involucrarse emocionalmente. Por fortuna para la narrativa, Martín rompe esta regla y gracias a eso hay película.

¿Por qué están peleados Evaristo e Isauro? Bueno, al principio de la película nos dicen que es porque ambos en su juventud se enamoraron de la misma mujer, María, quien sería luego esposa de Evaristo. Algo hizo más tarde Isauro que provocó que Evaristo casi lo mate. Y desde entonces no se hablan. De hecho, Evaristo dejó de hablar en zikril por completo. A mitad, sin embargo, la historia da un giro. Es en este momento que el más importante tema será introducido. No obstante, sería imposible hablar de él sin introducir tremendo spoiler. Lo que puedo decir es que tiene mucho que ver con la identidad –que para mí es el gran tema de la película– y, por tanto, con el lenguaje. Tan es así que pone en conflicto directo al español y al zikril, con la carga ideológica de cada lengua.

El significado del título (Sueño en otro idioma) se volverá evidente hasta el final. Porque como Martín, Lluvia, Evaristo o Isidoro, ¿quién no ha soñado a veces en otro idioma, no? ¿No?

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