El instinto del esfuerzo
Una obra cuyo magnetismo proviene de lo que está oculto en el suelo, de la carencia que obliga a inclinarse, de lo que no alcanzamos a ver
Por Arturo Ceballos Publicado en Carretera, Tropos en 9 agosto, 2020 0 Comentarios 5 min lectura
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No solo es una pintura. Por su realismo, se aproxima más a un vistazo cercano, bajo un clima húmedo, a la Europa campesina del siglo XIX. Al fondo de una amplia distancia, se ve una carreta cargada con la cosecha, un hombre revisa uno de los ejes, parece que está por quebrarse. Un poco más atrás, los almiares, esos elefantes de paja que parecen asegurar la abundancia y que es imposible ver sin pensar que no hay mejor tributo al ocio. Más lejos, al fondo a la derecha, la finca del señor, el terrateniente, el rico, el único que en ese cuadro de 83 por 110 centímetros puede darse el lujo de perder el tiempo. Sentado a la mesa, sobre una silla forrada de cuero, levanta una copa de coñac a la altura de sus ojos. Tiene la particular fascinación por ver el mundo en tonos ocres, rojizos, etílicos; está convencido que así es como debe verse la eternidad, la vida envuelta en un tiempo maduro, perfumada con la majestad de la calma. A través de su catalejo de tres cristales, conformado por las paredes de la copa y el de la ventana, el señor mira a lo lejos a tres mujeres. Más que mujeres, para él solo son tres manchas inclinadas que se mueven con torpeza de piedra viva, un espejismo del que emana un ligero olor a tragedia, igual al de los perros callejeros, igual al de sus vasallos. Lo que más le gusta de esos paisajes distantes es que todo aquello que habita su extensa campiña está dotado de una voluntad de silencio.

Una imagen en la que no se encuentra lo que tanto nos gusta: no hay esparcimiento, no hay descanso, ni abanicos, ni ojos luminiscentes, ni complacencias bien merecidas, y sin embargo, nos reencuentra con la humanidad que llevamos dentro

Por fortuna, Jean-Francois Millet no solo pintó un vistazo, también creó lo más parecido a una imagen capturada por una cámara antigua, que distorsiona un poco los contornos, las facciones, la temperatura, la cresta de los montes, y que oculta lo que las imágenes no siempre pueden revelar, pero sugieren: el esfuerzo marcado en el vientre, en las rodillas hinchadas y en el peso sobre una espalda adolorida; y sobre todo, la necesidad de tres mujeres campesinas, seguramente pobres, quizá viudas, madres solteras, de recoger rastrojos en el campo de un rico. Pero ser pintor del siglo XIX no era simple, Millet tenía el maleficio de la mirada profunda, una particular forma, no siempre deseable, de ver la dimensión complicada de las cosas. No se conformó con pintar el acto de recoger, para él esa era una palabra burda, rupestre, si acaso oportuna para bautizar así al primer esbozo. En cambio, espigar es un gesto con el que describimos la gratitud y humildad que le debemos a la tierra. No importa cuánto se haya segado un campo, siempre habrá la certeza de que algo quedará al alcance de la mano. Solo basta inclinarse sin miedo, con ánimo de derrochar soltura, vencerse al hambre, a la necesidad, y tomar con la punta de los dedos un pedazo diminuto de alimento, y luego otro y otro, a detalle, hasta que de miniatura en miniatura, saciemos el vacío de cuerpo que vuelve oscuros los días, que nos vuelve esclavos sin jaula. Espigar también es una llave que abre la puerta hacia una breve libertad. Jean-Francois Millet no pintó una necesidad decrépita, urgente, famélica; lo que pintó fue una necesidad refinada e inofensiva, que espera a que las mujeres se guarden el tiempo en el pañuelo atado a la cabeza, quizás porque él creía que la calma de inclinarse y espigar sin amenazas influye enormemente en el aprecio que se tendrá por el alimento llevado a la boca.

No solo es una pintura; es un cúmulo de trazos vivos que pasean la belleza por la armonía en la disposición de las espigadoras, en primer plano, coloridas, indiferentes a nuestra mirada y al campo monocromático que las acecha tras la espalda. ¿Quién más repara en ellas?

No solo es una pintura. Es una imagen en la que no se encuentra lo que tanto nos gusta: no hay esparcimiento, no hay descanso, ni abanicos, ni ojos luminiscentes, ni complacencias bien merecidas, y sin embargo, nos reencuentra con la humanidad que llevamos dentro; agacharnos no solo para recoger, sino para ver de cerca el mundo, la variedad de paisajes que viven bajo nuestros pies, espigar lo que la tierra nos ha dado, lo que por derecho pertenece a todos. El magnetismo de esta obra no proviene de las mieses, ni del producto de la siega, del que el señorito se apropia con tan solo verlo desde su finca; el magnetismo de esta obra, su caricia maternal y solidaria, proviene de lo que está oculto en el suelo, de la carencia que obliga a inclinarse, de lo que no alcanzamos a ver, de la falta de garantía de saciedad, en esto yace el genio del ser humano que plasmó algo más que una pintura, el instinto del esfuerzo.

Las espigadoras. Jean-Francois Millet, 1857.

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