Una luz se apaga
Adelanto de Vida y destino en un corrido, grandes éxitos de Valentón Grajales
Por Redacción Texto Sur Publicado en Carretera en 6 agosto, 2020 0 Comentarios 6 min lectura
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Por cortesía del autor y de Tifón Editorial, publicamos aquí un adelanto de Vida y destino en un corrido, grandes éxitos de Valentón Grajales, de reciente aparición y que puedes adquirir con ellos a través de sus redes sociales.


CAPÍTULO II

Una luz se apaga

Mucho se ha dicho de Valentón Grajales y hoy, a casi cinco años de su ausencia, hay quienes lo sitúan entre los grandes mitos de la cultura mexicana. Pero hablar de mitos es también hablar de verdades a medias, de hazañas misteriosas. Ahora bien, mi tarea en este momento no será la de acumular elogios, sino la de poner en tela de juicio la veracidad de su talento.

¿Qué convierte a un hombre común en ídolo, en mártir o, peor aún, en la combinación de ambos? La respuesta es sencilla, si tenemos en cuenta que a este país lo único que lo mantiene con vida, o por lo menos con una mínima dosis de voluntad, es la esperanza. ¿Y qué significa la esperanza en un lugar como México? Tal vez sea una palabra tirada a la suerte. Una moneda que gira en la oscuridad.

El día de la muerte de Valentón, yo estaba en la oficina. Recuerdo que había entregado una nota sobre el concierto en homenaje a José Alfredo Jiménez, en el Palenque de la Feria. El espectáculo duró casi cuatro horas, en las que pude constatar aquella sentencia de Monsiváis: «Si existe algo que hermana a los mexicanos, aparte de la desgracia, eso es una canción de José Alfredo».

Estaba a punto de checar la tarjeta de salida, cuando el Seco Nucamendi me gritó desde su silla: «Hey, compa, mataron al Valentón». «No me chingues», dije y regresé corriendo al escritorio para encender la computadora.

«Hoy, en la madrugada, el cantante de música banda y corridos, Eloy Chanona Grajales, mejor conocido como Valentón Grajales, fue encontrado en el Acueducto de Guadalupe, en la colonia Laguna Ticomán de la Ciudad de México. El sujeto presentaba marcas de tortura: heridas de arma blanca en el pecho, laceraciones en la espalda y quemaduras en los genitales. Lo trasladaron al Hospital General, donde falleció una hora después…», decía una pequeña nota en un portal de internet. Lo siguiente fue recibir la orden de mi jefe: preparar un artículo detallado sobre el suceso y añadir datos de la vida y obra del cantante. «Ármala muy bien. Voy a ver si mi contacto puede conseguir unas fotos de cuando hallaron al tipo en el acueducto. Escribe algo sencillo, sin palabritas domingueras, porque la gente luego no entiende».

El artículo se llamó Valentón Grajales: una luz que se apaga. El tiraje se agotó.

Quién iba a pensar que tiempo más tarde, en una cantina de Tapachula, Chiapas, encontraría al verdadero autor de «Quítense, ahí les va el dos de bastos», «El cacha de oro» o «Los amores de Gabriela», canciones con las que Valentón pegó en la televisión y en la radio, y que ahora suenan en todos los colectivos o en los celulares. ¿Cómo llegué ahí? Podría decirse que por pura casualidad, pero creer en las casualidades es hacerle al inocente. Más bien creo que eso ya estaba escrito y, de alguna manera, mis pasos me llevaron al sitio donde conocí a Pacho Madrigal, Tío Pacho pa’ los amigos.

Tío Pacho tocaba el acordeón como pocos o como nadie. Después de escucharlo la primera vez, lo invité a mi mesa. Le dije: «Toca usted muy chingón, ¿qué hace por acá? Debería probar suerte en la tele, así como el Valentón. Ese ni cantaba bien y ahora todo mundo está coreando la de ‘Cruz de pueblo’ que, aquí entre nos, le sale mejor a usted». «Será porque es mi canción; yo la escribí», me dijo riendo. Yo también reí. No lo tomé en serio en ese momento, pero la plática continuó mientras las botellas se acumulaban en la mesa.

«Conocí al Valentón –mencionó– desde que era un muchachito nalgas meadas. Él trabajaba de mesero en Las Camelias, yo le enseñé a tocar el acordeón y la guitarra. Fue un buen muchacho, pero la fama y el dinero lo cambian a uno. Quién sabe en qué chingaderas se habrá metido».

Cada vez que Tío Pacho hablaba veía hacia la ventana, como esperando que algo apareciera, luego me miraba y le daba un trago a su cerveza. Al principio creí que mentía, que eran cuentos de un viejo derrotado, pero no, después le creí o simplemente decidí creerle. A veces la verdad es solo eso: un juego que se acepta porque sí, sin condiciones, con las manos abiertas y viendo de frente.

«Esas canciones que usted ha escuchado, yo las escribí en unas servilletas y otras en un cuadernito. Cuando el chamaco me platicó sus planes de ir a la capital a probar suerte, se las di junto con unos centavos. Le dije que les sacara provecho, que si le preguntaban respondiera que él las escribió y que ni me nombrara. Los sueños se siguen cuando uno es joven y existe la voluntad; ya de viejo pa’ qué, nomás da uno pena. ¿Sabe por qué le di eso? Porque yo alguna vez tuve la misma edad, el mismo brillo en los ojos, pero me faltaba lo que ese escuincle tenía de sobra: valor, coraje para hacer las cosas. Yo tuve miedo, decidí quedarme en este sitio. No me quejo, no me va tan mal. Ahí ‘tá, yo estoy vivito y coleando, aquél, con todo y su juventud, es comida de gusanos. Así es esto, mi buen, los cobardes siempre vamos a durar más», dijo el viejo pasando sus manos sobre el acordeón, como si al hacerlo percibiera mejor el pasado, las imágenes que volvían de una época menos amarga.

Entró la noche, una mujer puso en la rockola «El cacha de oro», el último éxito de Valentón. Pedí otra ronda de cervezas y Tío Pacho miraba fijamente a la ventana. Sus manos seguían aferradas al acordeón.

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