Fotograma de lo inexplicable
Una alegoría de la desorientada nobleza humana
Por Arturo Ceballos Publicado en Carretera, Tropos en 24 julio, 2020 0 Comentarios 4 min lectura
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Es una barca cualquiera, flotando sobre un mar cualquiera, con destino incierto y una duda paquidérmica, tan absurda como esperanzadora, a bordo. Un hombre, se dice que se llama Orlando, impulsa la barca con un par de remos. Sus brazos son delgados, más acostumbrados a deslizar páginas, a levantar una taza, que a sumergir dos maderos para dejar atrás el mar. Frente a él, a un par de metros y con la cabeza apoyada en el borde, la bestia: un rinoceronte, un animal blindado que mira al mar derramarse por debajo del bote. Nunca ha visto tanta agua, no conoce la diferencia entre volver al hogar y perderse para siempre en lo insólito. Los dos pasajeros parecen salidos de un sueño, provienen de un naufragio que ocurrió como un oasis en medio de un páramo de imposturas. Las envidias, engaños y perfidias los lanzaron a la deriva, quizás por ser los únicos capaces de adecuarse al paisaje, a cualquier horizonte; quizás por ser irrelevantes, por ser auténticos o porque en medio de un océano su sinsentido los vuelve poéticos. Ninguno de los dos podría explicar cómo se salvaron, por qué un hombre elegiría como único compañero de supervivencia, triste compañero de viaje, a un rinoceronte; por qué un rinoceronte aceptaría ser llevado a bordo hacia un viaje con horizonte surrealista. Orlando piensa, mientras impulsa la barca e interpreta el pestañeo del animal como un gesto de agradecimiento, que al estar ahí asume su propio pedazo de tragedia; que al estar ahí se adjudica, por mérito personal, su propio papel en el mito de Noé: salvar a un animal para llevarlo a dónde, si al final ambos van a morir. Sin saberlo, están convirtiéndose en una imagen poderosa que trascenderá los años y que envejecerá sabia, como alegoría de la desorientada nobleza humana.

De vez en cuando, el animal desliza las pezuñas, intenta contrarrestar el movimiento del bote; a veces solo lo hace por descansar la postura. Orlando también descansa, relaja los brazos y endereza la espalda. Tiene los labios resecos y agrietados por el sol. El olor a sal caliente ha dejado de parecerle sofisticado, romántico. Está convencido de que seguir remando es un gesto de inevitable fracaso, que sin importar el clima ni la ruta ni los espacios vacíos que habitan entre las dudas, para ambos será demasiado tarde cuando la punta del bote impacte contra unas rocas o se deslice agotada sobre una playa solitaria. El bote avanza, a veces con ímpetu, a veces por resignación, es cuando Orlando solo sostiene los remos, mirando cómo las paletas trazan surcos en el agua. Por momentos se ilusiona, cree haber encontrado el estado de ánimo con el que uno debe presentarse ante la muerte, seguro, sí, de que no es el momento más feliz que haya vivido, pero más seguro aún de que está lejos de ser el momento más infeliz de su vida. Pensar así lo aligera, lo desnuda de apariencias.

Desde que Orlando aupó al rinoceronte para que subiera al bote, empujándolo por las ancas y chasqueando la boca, no ha vuelto a tocarlo. De inmediato tomó los remos y emprendió la huida, antes de que el crucero los arrastrara al fondo, junto con él. Fue tan rápido que su tacto olvidó la sensación irreal, estremecedora, de tocar un unicornio acorazado, con dimensiones de elefante, olvidó la textura cálida, dura y rugosa del animal. De haber huido con menos prisa, habría podido conocer lo que se siente empujar una fábula.

Orlando se pone de pie, siente que entre ellos hay un magnetismo de esperanza, una sensibilidad intensa, ajena a las reglas que determinan el destino mortal de la humanidad. Ninguno de los dos sabe que en el desvarío del cineasta, el propósito es que no lleguen a ningún lado. Orlando se acerca y le susurra una melodía, el animal pestañea como si se encogiera de hombros o acabara de despertar. Quizás en lugar de la melodía, le confesó que afuera hay un autor omnipresente que no se atreverá a soltarlos y que les pondrá una playa tibia y plácida en cualquier momento. Lo que tampoco saben es que un bote, un hombre y un rinoceronte son solo un fotograma navegando desde hace treinta y siete años, para recordarnos, contra toda terquedad, que pocas cosas son tan bellas como apreciar lo inexplicable.

Fotograma de la película E la nave va, Federico Fellini, 1983.

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