Sólo quiero la vacuna para ir a una lectura de poesía, regresar a casa y arrepentirme de haber ido a una lectura de poesía
Por Mariana Rodríguez Publicado en Carretera en 27 abril, 2021 0 Comentarios 8 min lectura
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No sé cuándo me toque La vacuna, pero creo que una de las primeras actividades que haré será acudir a una lectura de poesía; ya sea en un elegante auditorio con aire acondicionado y sillas aterciopeladas o en un cuartito de 2×2 con olor a humedad y muchas personas (y cucarachas) a mi alrededor.

Ya sean las mejores voces poéticas del momento, o incipientes participantes de un taller literario, la o el poeta debe leer sus textos en voz alta porque es ahí en donde la poesía también sucede.

Las lecturas de poesía tienen una duración inexacta. Si estás en México y el cartel dice que empieza a las 7:00 pm, el evento comenzará más o menos por ahí de las 10:00 de la noche. El ritual es distinto en cada ocasión. Depende de quién organice, dónde suceda y quiénes lean. Lo constante es el instante único en el que varias bocas se callan y se abren los oídos y la mente para escuchar al poeta en turno. Ese instante es una daga:

«La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder decir y del poder oír».

Maurice Blanchot

Mi primer acercamiento a ese espacio violentado llamado «poesía en voz alta» fue en la secundaria. En algún momento del curso de Español III cada grupo debía participar en un concurso de poesía coral. El pretexto era perfecto para faltar a clases: pedíamos permiso de ensayar el poema en la cancha techada de la escuela y, como en realidad nos valía ganar o perder el concurso, aprovechábamos ese tiempo para hacer como que ensayabamos, cuando en realidad perdíamos el tiempo.

No me acuerdo qué grupo ganó el concurso; el nuestro, claramente no. Lo que sí recuerdo es a un compañero de otro salón recitar Sensemayá, de Nicolás Guillén. Ese niño pudo transmitir toda la musicalidad y poderosa negritud del texto. Quedé impactada. No sabía que un poema podía congelar el tiempo y hacer callar a un montón de pubertos precoces. Mucho tiempo después estaría ante diversas audiencias, intentando conectar de la misma manera que ese niño en el auditorio de mi escuela de monjas.

Mi audiencia favorita es la latinoamericana, la mexicana, la que aúlla, la que grita y aplaude cuando un poema «le ha llegado». La gente en USA chasquea los dedos como si estuviesen en un concierto de jazz. La primera vez que experimenté eso fue en un OpenMic, donde yo fui la única que aplaudió y quedó en evidencia mi extranjería. En Europa la gente es más seria, pero también puede ser hipnotizada y sorprendida.

En voz alta. Público a la espera de una lectura de poesía en la antigua sede de la biblioteca «Aeromoto», en CDMX. Foto: Mariana Rodríguez.

La poesía en voz alta se las ha ingeniado para derrotar a la pandemia. Gracias al streaming he podido escuchar a ciertos poetas que de otra manera no hubiera sido posible. Desde una lectura inolvidable con Cecilia Vicuña, hasta un ciclo de lecturas de «poesía radical» organizadas por The Brooklyn Rail, el streaming ha sido mi mejor aliado para evitar la saudade de lecturas y reencontrarme con personas de latitudes lejanas. Otra ventaja de este formato es que aunque no hayas podido acceder a esos eventos, casi siempre son grabados y pueden ser consultados mucho después. Entonces, estamos ante la presencia de la creación de un archivo poético accesible y vivo; ya no confinado en bibliotecas o en la memoria siempre fallida del ser humano.

Streaming. Presentación por Zoom de la revista Acocó de Chile. Captura de pantalla: Mariana Rodríguez.

Sin embargo, aunque estos sustitutos de lecturas en vivo cuentan con ciertos elementos de la poesía, como la escucha física de la musicalidad del poema, el ritmo, la fuerza tectónica de las voces, no emulan la emoción de estar frente a frente, ya sea con la audiencia o el o la poeta. Ese momento tiene una carga muy especial, difícil de describir si no se ha atestiguado en carne propia.

Por fortuna, ya hay teóricos que han investigado el tema. Por ejemplo, Kurt Spang dice que la comunicación lírica puede ser directa o diferida. «En la lírica el receptor suele estar presente cuando se emite el texto, produciéndose así simultáneamente la emisión y la recepción. En la lírica de tipo monológico e intimista suele producirse, entre la emisión y la recepción, un espacio temporal más o menos largo». Entonces, las lecturas de poesía son la presencia pura de la lírica y la lectura del libro de poesía es el espacio entre ambos cabos de la cuerda.

Aunque el streaming nos dé la opción de «estar ahí», hay una distancia tangible que disminuye la intensidad del poema. Ahora ya no hay pretexto para llegar tarde a la lectura, sólo tienes que darle clic al enlace, acomodarte y esperar a que la lectura comience. La audiencia se conecta, pero ¿a qué nivel?

Tras varias lecturas bajo este formato, me he dado cuenta de que la oralidad no sólo consiste en escuchar la voz, observar ciertos gestos del poeta, sino que además, al estar ahí, en carne y hueso, sintonizas con ciertos elementos sonantes del texto que retumban dentro de tu pecho. En las lecturas de poesía pasan muchas cosas que el cuadrado de la pantalla no capta. El movimiento de los cuerpos, los suspiros, hoy acallados por el mute del micrófono, la adrenalina que corre por las venas, en fin, todo eso que no se ve, eso también es poesía. Quizá el secreto radica en la presencia de la otra persona. Es decir, la oralidad también es otredad.

Sin duda, la poesía anida en el sonido, pero también en sus silencios. Gary Snyder cuenta en En torno al oficio del poeta que al escribir poesía «los espacios horizontales y verticales indican cómo hay que leer el poema, cuál deberá ser el compás. El espacio significa tiempo. Las endeduras (sic) en los márgenes son más bien una indicación sobre el énfasis de la voz, de la respiración». Entonces, desde que se despliega el texto en la página, la poeta ya está pensando en la manera en que deberá ser leído su texto. Como dice Walter Ong: la escritura no puede dejar de lado la oralidad, porque la oralidad sí puede existir sin la escritura,, pero la escritura nunca podría existir sin la oralidad.

Safo y sus alumnas. Por Amanda Brewster Sewell.

Esa fórmula está clara en mi mente, e imagino que podría aplicar casi el mismo principio y decir que no hay poema si no se lee en voz alta, ya sea ante una multitud o para las plantas. Es posible que después de tener la vacuna asista a varias lecturas de poesía, donde podré abrazar a mis amistades. Quizá me inviten a leer, bebamos y celebremos. Pero también es probable que a la quinta lectura me canse, y al regresar a casa, arrepentida de haber ido a esa lectura, piense que mejor debí quedarme viendo algún reality show de chefs que compiten entre sí. Me daré cuenta que en el filo de sus cuchillos, en las escamas del pez, en la sangre chorreante de la carne, que entre toda esa entropía culinaria también hay poesía, una distinta a la que he vivido en las lecturas, pero poesía al fin y al cabo, porque ¿acaso no es el poema un animal herido entre una multitud expectante?

Covid-19 Literatura Oralidad Pandemia Poesía Vacunación


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