No hay quién me mate
Por Mónica Zepeda Publicado en Carretera en 5 marzo, 2021 0 Comentarios 14 min lectura
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En memoria de todas aquellas personas que alumbraron el túnel de la muerte con el resplandor de su vida. Y a sus seres queridos, pues padecen la oscuridad de un vacío inconmensurable.

Nemo Qui Condemnare Potest, Absolvere Non Potest.
(Nadie que pueda condenar está imposibilitado para absolver).
(Dig. 50, 17, 37)

Cuando la muerte es el mayor de todos los peligros, se tienen esperanzas de vida; pero cuando se llega a conocer un peligro todavía más espantoso que la muerte, entonces tiene uno esperanzas de morirse.
Kierkegaard

I. La vida

No importa cómo me llamo. Bastará con revelar lo siguiente. Soy un hombre que, por amor, asesinó a su mujer con tal de que ella no se suicidara. Hoy no debería darme el lujo de pensar en mí ni en estupideces que, afirman, toda la gente pasa. Pero lo hago porque tú me conoces, aunque es probable que me hayas arrumbado en tu memoria. Lo entiendo, no por ser recuerdo, se es memorable. Te suplico, perdóname. Piensa en mí, ven por mí, llévame contigo. Dirás que estoy loco y te daré la razón, me sobran excusas para darte la razón.

Esta noche omití, como muchas otras, rezar antes de acostarme. No me pareció justo abandonarme en Dios para que Él se ocupara de todos mis problemas, mientras yo dormía. Permanecí durante cuatro horas en la cama, dando vueltas, trastornado. Recurrir a la oración a destiempo y con una fe desarraigada hubiese sido un acto hipócrita. Me resigné a continuar despierto. Total, el tiempo nunca se detiene.

En cuestión de horas, el sol apagaría su despertador, se arreglaría con el hastío diario y se presentaría muy puntual a trabajar, con la camisa arrugada y la corbata luida. Durante algunos minutos, escuché mi reloj. Segundo tras segundo, se tropieza el tiempo, pero nunca cae, como una distracción diseñada a pulso, mientras uno permanece en silencio, éste resuena: La vida, la suerte, la ida que muerde.

—Un desvelo más me tiene sin cuidado –dije con indiferencia–, pero el amanecer amenaza, amanece como con su fusil en mi frente –y al expresarlo se me enchinó la piel.

Para incendiar los abismos, un sol no basta. Necesitaba armarme, más que de valor, de miedo. Me levanté a tientas, dirigí mis pasos hacia el pasillo, encendí el interruptor y me eché en el suelo, frente a un espejo de cuerpo entero. Chillaba, chillaba como un mocoso y sin consuelo. Los espejos no se quebrantan ante falsas apariencias. Alto, corpulento, canoso. Mis arrugas eran sólo cauces para el llanto.

—Maldito bufón, un día de estos, se te cansará la mandíbula, se te acabará la sonrisa, se derrumbará tu farsa –reflejó, sin clemencia, la realidad que jamás soñé.

Me levanté, agarré el espejo y lo destruí. Apagué el interruptor y al apagarlo, apagué también mi sombra. Corrí al inmenso cuarto, me tropecé con un carajo en el camino y di con la cama. Me acosté en posición fetal, con la espalda hacia la ausencia de Romina y esperé la luz del día.

—No debiste seguir tu instinto, Animal –el arrepentimiento busca infiltrarse hasta por las persianas.

Siento, desde que mi esposa murió, un malestar que me desgarra el interior y una impotencia devastadora por no haberla salvado en su totalidad. Hace muchos insomnios que no la miro dormir y el asesinato continúa disfrazado de suicidio. Tengo pavura al miedo, un miedo codificado que jamás he podido descifrar, que me sometió y dominó, que me condujo a la pérdida, al entierro y a esta irremediable soledad.

—La vida, la suerte, la ida que muerde –amenaza el reloj.

Romina prefería morir. Prefería dejar a un lado el acoso de cada despertar, no digo amanecer porque ella nunca más durmió durante las noches. Incontables veces, la mimé para que descansara. Se mantuvo en vela ocho meses seguidos. Al parecer, sus demonios la acariciaban con mayor ternura que yo.

Todas las tardes, cuando yo regresaba del trabajo, ella me recibía con llanto. El llanto es palabra cuando de callar se trata y, cuando se trata de tratar, nace la falla inevitable del intento. Yo le contestaba con un te amo y la abrazaba. En mis adentros, agradecía a Dios por permitirme tenerla entre mis brazos. Ella, en cambio, miraba con recelo hacia el techo, como si fuese el mismo cielo oprimiéndola e invadiendo su espacio. Como si encarara al mismo Dios y lo maldijera por no haber consumado el suicidio aquella vez que ingirió más de doscientos ansiolíticos.

—Trágico es que la muerte te rechace –me repetía sin cesar, sin piedad.

—La vida, la suerte, la ida que muerde –amenaza el reloj.

Ahora comprendo que eso fue apostar a lo perdido colocando, imprudente, mangas sobre la mesa, mesa bajo los codos.

II. La suerte

Sí, Romina, mi amada esposa, se inclinó con fervor hacia la tumba.

—El doctor recetó un nuevo somnífero. Toma tus pastillas, amor. Necesitas dormir, llevas días sin dormir –con una mano le acerqué los medicamentos, con la otra, sostuve un vaso con agua.

—Lo que necesito es muerte. Estoy cansada de recetas. Estoy cansada de vivir –arrebató las pastillas, arrebató el vaso y los estrelló contra el piso.

—Cansada de vivir —remató el eco mientras ella se jalaba el pelo y luego se pegaba en el rostro.

Me abalancé sobre ella, la rodeé con mis brazos y la oprimí contra mi pecho para que no se lastimara más. Sus trastornos la fueron invadiendo con el tiempo. Cada vez que la asaltaba una crisis, apagaba los cigarros en su piel. Buscaba meticulosamente un fierro con forma seductora y lo calentaba con un encendedor para, luego, encarnárselo. Un día, con la carne abierta, ella me explicó que ese era su método de salvación.

—La vida, la suerte, la ida que muerde –amenaza el reloj.

Los daños sucedían mientras estaba sola en casa. Siempre se las ingeniaba para enviar a los ayudantes a hacer mandados. Yo no estaba en todo momento para evitarle daños. Nunca entendí a Romina, sólo la amaba, la amo. Nunca he entendido a las mujeres.

Hay mujeres cicatrices que no se dejan arrancar. Hay mujeres discretas que saben que la infidelidad no es cuestión de género. Hay mujeres jardineras que podan las esperanzas de vez en cuando. Hay mujeres nostálgicas que revelan los recuerdos aunque sea en blanco y negro. Hay mujeres garaje que ponchan ilusiones, gratis. Hay mujeres inteligentes que actúan con ingenuidad ante las indirectas.

Hay mujeres prevenidas que cuentan con escapatoria aunque no exista emergencia. Hay mujeres ave que pierden la noción del viento. Hay mujeres silencio en toda la extensión de la palabra. Hay mujeres fugitivas hasta del horizonte. Hay mujeres guionistas que tienen finales inmediatos para falsas ilusiones. Hay mujeres actrices que siguen ensayando su olvido.

Hay mujeres calendario que guardan más tiempo que un reloj. Hay mujeres piadosas que reconocen cuando la verdad puede ser nociva para la salud. Hay mujeres líderes que encabezan encrucijadas. Hay mujeres con prisa que se marchan sin decir adiós. Hay mujeres generosas que le agregan comillas a la ironía. Hay mujeres indecisas que no saben si ponerse las ganas o dejarse la incertidumbre.

Hay mujeres valientes que siguen andando con los pasos mutilados. Hay mujeres precoces que hacen el amor a la breve-edad posible. Hay mujeres cocineras que agregan una pizca de piedad a la mentira. Hay mujeres impuntuales que salen tarde de casa con tal de llevar todas sus convicciones. Hay mujeres otoño que aprendieron a caer. Hay mujeres serias que toman hasta la palabra.

Hay mujeres persistentes que, sin importar cómo, llegan al final. Hay mujeres poema que se borran en el penúltimo verso. Hay mujeres solteras que duermen en cama matrimonial. Hay mujeres pesimistas que no pedalean cuando la vida está de bajada. Hay mujeres fortaleza, mujeres voluntad, mujeres contracorriente. Hay mujeres de todo tipo de clasificación.

Y hay incluso mujeres que no necesitan adjetivos porque saben valerse por sí solas. La desgracia también sabe valerse por sí sola.

—Mi amor, vamos a dar un paseo, olvídate de la muerte –importuné con ternura una de las incalculables mañanas en que Romina perdía la vista sobre el muro.

—Yo no olvido, cicatrizo –giró su cabeza hacia mí y afirmó con rabia, sin una lágrima, mientras palmeaba una y otra vez su antebrazo derecho lleno de quemaduras.

Yo sabía que, para ella, cada despertar era otra herida. Otra herida mediocre. Heridas mediocres son las que no llegan a ser cicatrices. Me hervía la impotencia en todo el cuerpo. Quizás tú aún no sepas, pero poco a poco te consume, te va evaporando. Infinitas veces, rogué que la vela alcanzara hasta que se cumpliera el milagro. Romina empeoraba. Dejó de salir. Se negó a comer, a beber agua, a tener visitas. Yo me ausenté del trabajo. Me dediqué de tiempo completo a estar a su lado.

—Mi amor, dime cómo te ayudo. Dime qué necesitas. Yo te amo. Pídeme lo que quieras y eso haré –imploré hincado, mientras le besaba los pies.

—¿Me amas? –preguntó con una sonrisa en los labios.

—Sí, te amo –repliqué sin titubeos.

—Entonces, mátame –y soltó una carcajada.

Comprendí que, para ella, el sufrimiento no era opcional. Al levantarme, sostuve sus manos e imploré:

—Todo, menos eso, hermosa. Yo te amo.

—Si me amaras, me matarías. Mátame. Y finge que fue un suicidio, finge que lo logré –fue la única vez que se hincó ante mí.

Fue la única vez y sucedió minutos previos a mi mayor declaración de amor, a mi disparo en su frente.

Salí del cuarto, fui por mi arma, regresé al cuarto. Ella seguía hincada, me miró fijo, sonrió. Me acerqué, acaricié su cabeza, coloqué su cabello detrás de su oreja. Corté cartucho, apunté, sostuve el crimen en la comisura de mis párpados.

—Gracias, gracias, mi cielo. Al fin, seré feliz. Te estaré esperando –besó mis zapatos, alzó la cabeza para mirarme otra vez y extendió los brazos con sus puños celebrando el milagro.

Disparé. Y, de reojo, vi al tiempo mirándome matar. El ruido silenció la sangre. El luto se vistió de calendario. La lluvia caía, tranquila, porque la lluvia nunca tiene nada que perder. Era tarde. Era tarde para que surgiera la noche, una noche incapaz de superar la oscuridad de su mirada o el sinsabor que me dejó.

—No eran tus ojos verdes, Romina, era yo en tu mirada –desconsolado, pasé mi mano temblorosa sobre su rostro.

Nunca más me vio y nunca pronuncié el adiós porque el adiós definitivo no se pronuncia.

III. La ida que muerde

Hice todo al pie de la letra, modifiqué el escenario para que pareciera un suicidio. Romina era tenaz por fuera, por dentro, tenaz por convicción. Romina era la mujer más hermosa del mundo. Merecía lo que ella quisiera y yo hice todo por cumplir su voluntad.

Somos una especie en peligro de extensión. Somos especie en peligro. En peligro, nada más. El peligro debería ser una especie en extinción.

¡Cuántos meses habrá de repetirse el mismo insomnio! ¿Hasta que la muerte nos ampare? El vacío que se lleva a cuestas es, por lo general, el que tiene más peso. La fe, aunque sea un producto bajo en odio, es de almas tomar. Hay peligros que no tienen el cuidado de advertir. No se piensa en el castigo antes de cometer un crimen.

El día en que familiares, amigos cercanos y yo la enterramos, las plegarias emanaban en voz alta. Yo las repetí, al compás de los palazos. El sol resplandecía, los buitres celebraban. Los demás deudos se condolieron al igual que la mezcla de cemento fresco que, más tarde, se convertiría en un mausoleo condenado al olvido.

—Mi hijita, ¿por qué te mataste? –berreaba mi suegra zafándose de quien la detuviese para no caer en el hoyo.

—Que Dios la perdone y la tenga en su Gloria –rezó el sacerdote negado a absolverla.

—Amén –musitaron los presentes y bombardearon con flores el ataúd.

Y es que tantas personas vieron en mí lo que deseaban ver y no lo que mi llanto empañado, empeñado, lloraba. Y es que tantas personas fingieron oírme mientras yo callé, pretendían que de sus labios emanaban mi saliva y mi voz y yo, mudo, fui incapaz de corregirles nada. Y es que tantas personas, tantas veces, tantas miradas y tantas voces me colmaban de vida, y yo, de tanto en tanto, la desbordaba.

—La vida, la suerte, la ida que muerde –amenaza el reloj.

He planeado mi muerte más veces de las que me he visto enterrado. Es una costumbre inevitable, lo hago para aprovecharme de la vida y porque la vida, demasiadas ocasiones, se aprovechó de mí. Por donde se observe resulta ser una constante. Una constante pérdida de tiempo, de abono, de aire. No permití que Romina se suicidara, por supuesto, tampoco me suicidaría. Sucede que no tengo quién me ame, sucede que no hay quién me mate.

—Muerte, te suplico, perdóname. Piensa en mí, ven por mí, llévame contigo.

Siento que la sed provoca hasta el hambre. Mi desgaste pasó a ser insostenible. Muchísimas veces, salí a caminar para evadir la situación. Cruzaba las esquinas y me detenía en medio de las calles. La huida me carcomió hasta el asfalto. Cuando se trata de andar, un pie jamás alcanza al otro pie. No es que el arrepentimiento llegue tarde, es que el olvido siempre lo precede o quizá, ante palabras corrosivas, no haya más que bajar la cabeza, fijarse en el pavimento y evitar nuevos tropiezos.

¿Cómo enmendar la sangre que se filtró por las venas de mi bala descargada en su cabeza? ¿Cómo cicatrizar con retazos de perdones, con disculpas de memoria? ¿Qué hubiera hecho yo en mi lugar?

Siempre creí falso el dicho de los zapatos. Las decepciones, incluso siendo propias, no son moldeables, algunas aprietan; otras nos quedan grandes. Dichosos sean aquellos que andan descalzos, con las callosidades firmes, con las uñas largas apuñalando a cada paso la tierra, el asfalto, la insuficiente vida.

Decidí encerrarme. Llevo semanas aislado. Llámese como se llamare, esto es lo que siento. Sólo sé que la locura está muy cotizada, que la razón pretende ahorcarse, y la cordura y esta cuerda no desean sujetarla.

—La vida, la suerte, la ida que muerde –amenazó el reloj, por última vez, antes de que se abriera el telón del alba.

—Que no te quepa la menor duda. Que no te quepa el menor resentimiento. Voy a estar bien vivo, para cuando vengas, Muerte –desafié sabiendo que el mundo se va a cavar y no habrá quién me entierre.

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