Mariano Mendoza Bassaul de los Cuxtepeques, personaje de leyenda
Por Antonio Cruz Coutiño Publicado en Carretera en 23 febrero, 2021 0 Comentarios 34 min lectura
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El presente texto fue presentado por su autor, Antonio Cruz Coutiño, cronista ad honorem de la ciudad de La Concordia y de la vida regional de Chiapas, en el Quinto Congreso de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos, celebrado en Estado de México, del 1 al 3 de junio de 2018. El tema de la convocatoria fue: «El personaje emblemático de mi pueblo, ciudad o estado». ―REDACCIÓN.

Personas somos todos, los individuos en general, comunes y corrientes; quienes construimos y reinventamos los quehaceres colectivos, la vida cotidiana; aunque también quienes tan sólo, sencillamente, transitan por ellas. Los personajes, sin embargo, son aquellos que, al modo de las artes escénicas y de la dramaturgia en general, representan papeles o juegan roles esenciales en lo social, en los escenarios del mundo y de las naciones –como en el caso de los hombres y mujeres de Estado, los estrategas de la política y su extensión la guerra, o los artistas del espectáculo y del mundo de la farándula–; aunque también, caso del ámbito en que nos movemos los cronistas, en los escenarios locales: nuestros barrios, ciudades, municipios, zonas, comarcas; micro o macrorregiones en general.

Los personajes, pues, y en especial los emblemáticos, materia de este encuentro académico, son aquellos que, tal cual la función de los emblemas, distinguen a algo o a alguien. Esto es, significan, encarnan, simbolizan e incluso representan socioculturalmente, o si se quiere, identitariamente, a una comunidad: la emplazada precisamente en alguno de los niveles espaciales referidos. Son quienes trascienden la cotidianidad, el mundo de lo ordinario. Quienes descuellan en sus familias, centros de trabajo, barrios y demás ámbitos de ubicación, acción e influencia. Quienes trascienden tales espacios, el propio tiempo e incluso la memoria colectiva. Quienes se labran una personalidad o una trayectoria, un lugar en la historia de nuestros pueblos y ciudades y, en consecuencia, magnifican el objeto de sus atenciones: trabajo, inteligencia, pasión o entusiasmo. Es decir, magnifican y enaltecen el objeto de su propia vida en algunos casos, objeto normalmente representado por su barrio, pueblo o ciudad, aunque en ocasiones, también una labor artesanal, una función o representación pública, una actividad artística, un oficio pedagógico, una labor intelectual o una vocación sui generis.

Así que, entre estos protagonistas, forjadores de identidad, artífices emblemáticos, se encuentran las y los personajes destacados, escritores e intelectuales, líderes de opinión, personajes tradicionales, personajes típicos populares y personajes de leyenda. No se incluye a políticos, al menos de Chiapas y en general de México, pues aquí la política, el gobierno y la burocracia, durante las últimas tres o cuatro décadas se han degradado hasta la desvergüenza, a niveles insospechados. Porque igual que en el ámbito de la farándula, los políticos construyen su trayectoria personal atendiendo a intereses individuales o exclusivistas, a ámbitos que rebasan lo propiamente local y en ocasiones lo regional. Y porque labran su prestigio –aunque más bien fama, nombradía o popularidad– artificialmente; esto es, a golpes de dinero, demagogia y publicidad.

Personajes destacados, entonces, son todas las personas que por razón de su actividad, función social, experiencia, conocimientos, destrezas y habilidades inigualables, juegan un papel preponderante en la comunidad o espacio geográfico que corresponda al enfoque. El cura, la mujer policía, el nevero, la pescadera, el taxista, la comidera, el apagafuegos. Aunque también y por sobre aquellos, quien se decanta en favor de la comunidad, en momentos de desgracia, circunstancias críticas o adversas.

Los escritores e intelectuales, ni duda cabe, a lo largo de la humanidad y de la historia, han sido la conciencia viva, vivificante y crítica de nuestras comunidades, y sabemos perfectamente quiénes son. En ocasiones, el cura, el viejo curandero y hasta el militar retirado. O el cuentero, el cronista, el biógrafo, el monografista o el poeta. Aunque en el caso de los líderes de opinión, ellos son algo más difíciles de identificar, pues son las mujeres u hombres mejor informados, quienes sintetizan la voz del vulgo, la voz del pueblo, las diversas opiniones, aunque siempre en un sentido constructivo. Es el tipo a quien luego encontramos en la sobandera, el peluquero, el propio cura o ministro religioso, el carnicero, el tendero, o el periodista local y hasta algún profesor jubilado o el activista social.

Personajes tradicionales son quienes guardan los resabios de nuestras tradiciones más antiguas o algo más arraigadas. Mujeres u hombres que lideran movimientos, corporaciones u organizaciones religiosas, patrimonialistas o culturales, entre ellas comunas, cofradías, mayordomías y patrocinio de fiestas; aunque también el chamán, la partera, el quiropráctico y el huesero. El artífice de las diversas monerías artesanales, el carpintero viejo, la comidera tradicional asociada a alguna devoción; el hojalatero, el herrero y la alfarera. Aquellos en quienes la comunidad deposita, de generación en generación, los saberes que lentamente acumula; los saberes y experiencias ancestrales.

Y los personajes típicos populares quizá sean los más conocidos, los más acreditados, pero sobre todo, los más entrañables, pues forman parte de nosotros mismos; la otra cara de nuestra identidad, la de nuestros pueblos y ciudades. Son los otros, los diferentes, los marcados por la suerte, por el destino o por la fatalidad. Los sin nombre o, en la mayor parte de los casos, los de alias extremos e inolvidables. Marbete en el que se engloba al loco, al perturbado y al afectado por alguna tara; al homosexual o a la lesbiana; al viejo infantil, al limosnero y al mentiroso consuetudinario; al tipo irascible y atrabiliario, a la vieja y abandonada que, como expresamos en las barriadas, «quién sabe de qué vivirá».

Son estos personajes típicos la sal y pimienta de la vida cotidiana de pueblos y ciudades. Del mismo modo como los personajes de leyenda son los arquetipos, los paradigmas, las personalidades grandes, extraordinarias en todo sentido, quienes más aportan a la identidad de pueblos, comarcas o regiones. Nos referimos al héroe o heroína, al auténtico defensor de los jodidos, a la figura del legendario fundador de la comunidad, por ejemplo; el tipo que procura el bien de todos, aún en detrimento de sí mismo, de su familia o de sus bienes; el personaje que se enfrenta al rico, al hacendado, al cacique, al avaro o al delincuente, a fin de favorecer al desvalido, como en el caso que finalmente sirve para «aterrizar» esta divagación filológica. La historia del personaje de leyenda contemporáneo y más afamado de los Cuxtepeques, El Gallo Mariano Mendoza Bassaul, un tipo bizarro y bragado, valiente, aunque temerario, quien es inmolado en 1970, tras la instrucción del cacique. El personaje que, a sabiendas de los desmanes del viejo hacendado –déspota, mandamás y autoritario–, no le muestra miedo y se le enfrenta cuando es objeto de su agresión. El personaje que, tras ser asediado por el cacique y por los militares mediatizados por él, perece acribillado, luego de cinco o seis años de desencuentros y malquerencias.

Advertimos dos o tres cosas: que se oculta el nombre del antiguo cacique, por respeto a familiares y descendientes; que se escribe al estilo de los relatos, en donde el narrador es camarada del personaje y testigo de los hechos; que se utiliza la voz del narrador para registrar los giros propios del habla popular de la región, y que las fuentes orales de la información son tres personas contemporáneas, igual que todas las referencias son auténticas. Éste es el relato de nuestro Mariano mártir y la triste historia de don Chayo.

I

¿Que qué o quién fue Rosario Santis del Campo? Hombre, quién sabe, pero sí, indudablemente, un tipo ranchero, fuerte, hábil… zorro pa’ los negocios. Empresario no, pues la de las ideas y empresas siempre fue doña Tencha, doña Hortensia Coutiño Lara, su mujer. Chayo fue un ser, quién sabe si persona, pero sí un tipo malo, que se portó mal, muy mal ante los ojos de Dios. Un tipo amachado y abusivo; perverso, podríamos decir. Fue agresivo, déspota y mal hablado. La mentadera de madres fue su mero mole… hasta en su forma de anunciar las películas, las de su Cine Isabel.

―Vengan a ver la película Los Tres Rancheros Famosos ansí decía don Rosario, con Luis Aguilar, Amparo Arozamena y Pedro Armendáriz. Va’ber chingadazos, vergazos y harta pendejada. Se van a romper la madre, estos sus padres… Y si no tienen paga, indios, cushtes, traigan maíz, traigan frijol. Hasta aguacate les agarro, cabrones, para entrar al cine…

Sin derecho ninguno, azotaba como a animales a los bolos, e incluso en ocasiones a sus trabajadores y cercanos. Una ocasión que estaba bebiendo, por ejemplo, llegó un bolito y que le dice:

—¡Eeey! Vení pa’cá vos indio patarrajada.

Lo bañó a látigos con la pajuela que andaba, por tan sólo no recitar su nombre completo. Y es que los patrones en ese tiempo, siempre andaban con el chicote de plomo en la cintura. Le puso una latigueada ¡de padre y señor mío!, pero como no lloró ni gritó el bolito… el viejo le dijo:

—Sos valiente, indio jijo-de-la-chingada. ¡Esa hielera de cerveza es tuya! Tómala. Llévatela. ¡Jo jo! Ni lo acabó de oír el bolito. Valió la pena la cueriza que le acomodaron.

Si en los caminos se topaba uno con él… ¡Hacete codorniz, hermano!… metete en el monte, porque ahí va don Chayo Santis. Con su tejanote, malencarado y la gran fusca en la cintura. Ahí pasaba, orondo en su camioneta. En otra ocasión, dicen –es versión que se escuchó en la Asociación Ganadera Local–, quiso comprar el caballo pinto del propio Luis Aguilar.

―Ese caballo que va ahí va a ser mío ―dicen que dijo en el cine.

Y sí, hizo el intento. Cuentan que lo fue a tratar a la ciudad de México, pero le dijeron que ni con toda su paga podría cubrir el precio del caballo. Que ni porque vendiera sus ranchos, sus propiedades. Que todo eso no le alcanzaría pa’ comprar el caballo. Él mismo lo platicó en una de las primeras muestras ganaderas que hubo en los Cuxtepeques, organizada por la Asociación.

Pero entonces, en una ocasión que traíamos maíz de por el rumbo de El Coyolar, ahí venía el Gallo, el amigo Mariano Mendoza Bassaul… que… les voy a decir: el hombre íntegro y cabal, desde que nace, en general, trae los huevos bien puestos. El cabal y bragado, el que no lo demuestra, o que no lo debe andar divulgando toda la vida, que es otra cosa; aunque, cuando se decide, ahí se acaban los estirados, argüenderos y «valientes». Todo lo contrario, cuando el hombre, cualquier hombre, la gente común, nace con miedo, pues tiemblan cuando tienen el destino enfrente. O sea que, aunque tengan tamaños coyolones, no tienen decisión ni valor. Ahí se hacen cuichi y no dan paso pa’ delante.

Ansí es que, en esa ocasión, ahí íbamos con el buen Mariano. Regresábamos de El Coyolar, y a lo lejos vimos que ahí venía don Rosario Santis. Mariano, mientras tanto, ya había descendido la bajadona rumbo al pueblo, hacia el arroyo El Limonar; ansí que ya no podía regresar. Don Chayo, que venía en su camioneta, podía detenerse, retornar o echarse de reversa, mientras que Mariano no podía dar vuelta, no podía reversear; los bueyes y las carretas venían hasta el tope.

Don Rosario sigue en el camino y ahí viene quien, con su carácter altivo y fanfarrón, le empieza a pitar ¡y que le echa la camioneta encima de los bueyes! Fue entonces que Mariano le gritó:

—¡Lo vas’té a matar mis bueyes!

―¡Que se los cargue la chingada! –contestó el viejo–. ¡Y hasta vos, si quiero, te paso el carro encima, cabrón!

Se empezó a enchinchar Mariano y hasta le hizo llorar de coraje al pobre, pues sus bueyes no podían irse para atrás, con tanta carga, y aún era chavalón. Andábamos en los catorce o quince años; yo era contemporáneo de Mariano. Aún éramos unos muchachos todavía, aunque él era fornido y grandote. Cuerpo grande, parejo, hombrudo, brazudón y manos fuertes. Y que le grita:

―¡Párese, viejo jijo-de-su-chingada-madre! –¡le rementotió la madre!

—No te mato sólo porque sos un pinche chamaco de mierda –le respondió don Rosario.

―¡No soy chamaco, jijo’e-su-chingada-madre! ¡Pinche viejo verga!

Mariano, ansí como venían las mentadas, enteritas se las devolvía.

―Y mañana nos vemos las caras otra vez, viejo jijo’e-pucta –dijo Mariano–. Aquí lo quiero ver mañana jijo’e-la-reverga.

Y es que el viejo nos metió el carro; nos trincó y arrinconó. Quedaron los bueyes melados, sucios, y la carreta sobre el paredón. Y ahí pasó el viejo, rasando el viento. O sea que don Chayo, a la mala, ofendió y sobajó al pobre Mariano, y desde ahí lo amenazó. Al otro día, ahí va Mariano, pero ahora sí, ya armado con su escopeta. Muchachito, chamacón todavía, pues aún íbamos a la primaria.

Pasó el tiempo, los años, llegó como a los diecinueve, pero el cacique a lo macho que lo había dejado herido. Ya cuando se volvieron a topar –casualmente casi en el mismo lugar; en la misma bajada, aunque algo más arriba–, éste ya no se detuvo y le dijo mero enfrente a don Chayo:

—Ahora sí, viejo jijo’e-su-chingada-madre, écheme el carro encima. ¡Ahora sí quiero que lo vuelvas a golpear mis bueyes! ¡Lo quiero ver!

Mariano para entonces ya estaba hecho un hombre. Alto como de uno ochenta, cuando menos, y ya no lo dejaba la escopeta. Siempre ahí, amarrada a los polines de la carreta; tiempos esos en que había más libertad para andar armado, o con el rifle por ahí, cerquita.

—¿Cuál decís, muchachito jijo’e-la-verga? ¿Querés ver cómo te educo jijo’e-tu…?

—¡Ansí quiero verlo, pue! –contesta Mariano, pero es que ya estaba desguindando la escopeta…

—Ora, viejo jijo’e-su-chin…

Saca la escopeta y ¡boom! ¡Es que lo tendió de un garcerazo el aire! Aquí nomás hizo el viejo gallina. Aceleró y se fue. Refilando pasó, huye y huye en su camioneta. De repente don Rosario lo acompañaba aquel don Carlos El Bobol, como su ayudante, su compañía, pero cuentan que en esta ocasión iba solo. Y fue ahí que se formalizó el pleito conocido; don Rosario siempre atisbando con cuidado y Mariano en su ley, como si nada.

Mariano iba a donde quiera, y a donde quería. Pero cuando intentaba ir al Cine Isabel, que era de don Rosario, a él no lo dejaban entrar. Iba a la paletería El Popo, también de ellos, y no le vendían su paleta. Aunque, como no se la vendían, lo agarraba. Abría la hielera, escogía la que quería, dejaba el dinero a un lado y chupaba su paleta. ¿Que no le vendían boleto en el cine? Se metía. Allá adentro le iban a cobrar y entonces pagaba. Si no, don Chayo ya usaba a los federales, que para eso sí servían los soldados; total que era el cacique y estaban a su orden. Lo entraban a sacar del cine, pero los enfrentaba:

―Y ¿por qué me van a sacar, si no he hecho nada? –les preguntaba.

―Es que no pagaste tu boleto de entrada.

―Pero si no es que yo no quiera pagar –les respondía–. Lo que pasa es que no me quieren vender la entrada.

Campesinos se reúnen con autoridades, ante la paletería (y cantina) El Popo y el Cine Isabel. D. P. La Concordia, Chiapas (1971).

Y eso fue lo que pasó. Don Chayo Santis le hizo la vida imposible al pobre Mariano. Dispuso que lo atosigaran y lo mandó a golpear varias veces; una vez ahí mismo, en la propia paletería junto al cine. Pero como por ahí todavía se oye, este compa, como pocos, tenía una fuerza descomunal y, además, era un hombre de decisión. Por eso cuando una tarde le quebraron un mosquetón en la espalda, sólo el cañonote le quedó en las manos al militar. Se voltea entonces Mariano y que lo prende de uno. Aunque, como el piso encementado y fino era de bajada –una especie de rampa–, y allá al fondo era un baño, ¡joo!, hasta allá fue a dar el soldado, hasta chocar con los excusados. En esa ocasión, tres soldados botó a punta de mandarriazos.

Unos días después, los de la taquilla del cine hablaron a la Presidencia Municipal. Avisaron que en el cine estaba y que vinieran los soldados para llevárselo. Mariano no estaba ahí, sino en la paletería. Tomando su gaseosa estaba, aunque como no le vendían, igual que siempre, entró, tomó el refresco de la hielera y dejó por ahí la paga. Los meseros, claro que tenían una orden: que no le despacharan absolutamente nada.

Ahí viene entonces el sargento, el jefe de la partida militar, y que le dice:

—Mira, muchacho. No te queremos hacer la vida imposible. Mejor compórtate y respeta a la autoridad. Sé disciplinado y acompáñanos.

—Mire usted, sargento –respondió Mariano al militar–, si ansí me hubieran hablado desde el principio, ni de pendejo hago esto. Pordiós que no lo golpeo a sus soldados. Lo que pasa y se lo explico es que ellos me empezaron a apalear, y pues ya lo saben, yo no me sé dejar. Ni con ustedes ni con nadie. Y menos con este viejo jijo’e-su-chingada-madre, pues él es quien me ha mandado a golpear, y ustedes o se están prestando o algo les paga pa’que me golpeen.

—Bueno, bueno –le contestó el oficial–. Está bien, está bien. Aunque de cualquier forma, ahora te vas a la cárcel.

—¿Pero por qué? –insistía–, si yo no he cometido ningún delito.

—Será sereno, pero lo que es hoy, amigo, ahora mismo te vas a la cárcel –le respondió.

—¿Vienes armado? –le preguntaron a Mariano.

—Sí. Sí vengo armado. Aquí está mi pistola, sargento –una calibre veintidós.

—¿Y por qué andas armado?

—¿Que por qué? Entonces, ¿usted no lo sabe? Pues para resguardo de mi vida, sargento. Este hombre me persigue, me atosiga, me ha querido matar.

Y ansí le contestaba al militar, alegando sus razones y derechos, y hasta ya al final, derecho como siempre, le dijo:

—Bueno-bueno, ya. Nos dejemos de chingaderas. Yo me dejo. Usted me lleva a la cárcel. Pero por favor no me agarre, que no soy ningún delincuente.

Y sí. Ansí se lo llevaron. No le tocaron ni un pelo. Ahí lo llevaron a la Presidencia, a la cárcel, tan sólo escoltado por los soldados. Pasaron los días, los meses en Los Cuxtepeques, y por ahí empezó el ronroneo. Que lo iban a matar, que ya lo habían mandado a matar, que se anduviera con cuidado, que se cuidara, que ya no enfrentara al viejo Chayo y, en fin, que ya Mariano era un perseguido del cacique.

II

Un día, tomando y algo alegres, yo andaba un tocadiscos; un tocadisquito ansí, de los portátiles que traían los chapines en ese tiempo, y nos pusimos en la esquina. Ahí estábamos oyendo las canciones, los disquitos aqueos de 32 revoluciones. Echando cerveza estábamos en esa esquina, junto a la cantina de Goyito García –que tenía billar y hasta futbolito–, cuando de ahí nos llegaron a sacar los federales. Nos fuimos al otro lado del pueblo. Primero, a la cantinita de doña Carmen Espinosa; luego, al cabaret que estaba al lado. ¡Y que de ahí nos llegan a sacar también! Entonces nos fuimos pa’antá Angelito El Nena. Estábamos echando nuestras cervezas. Andábamos Mariano, yo, el difunto Enrique Barrios Penagos, alias El Zope, El Vejiga Abraham Ruiz Cáceres y un señor, don Melquiades Pérez Morales, de por mi barrio. Pura fichita.

Estábamos bebiendo las cervezas, cuando vuelven a llegar los maldecidos. Y ahí sí, yo mismo les dije recio:

—Oiga’sté, sargento. ¿Qué es, pue, que tanto nos registran? ¿Por qué no cachean a los demás, a los de las otras mesas?

Entre tanto, ahí se acerca un soldado de primera, el fulano aquel que se llamaba Fermín, quien por cierto se casó con una concordeña hermosa y se hizo yerno de don Amador González, y dice pue:

—Noo. Si lo que queremos ver es a qué hora meten la pata.

—¡Ah, chingao! –respondió Mariano–, ¿y ahora por qué? Si ya mi asunto está resuelto. Ya me demandaron, ya pagué la multa.

Se trataba del asunto de la golpiza que puso a los militares, demanda que ya había caminado, razón por la que ya Mariano era conocido; ya su pleito era de la atención de un coronel de la XXXI Zona Militar y, efectivamente, estaba a punto de resolverse. Tanto es que en esa ocasión nos dijo:

—Fíjense que ya mañana es la última vez que voy ir a firmar hasta Tuxtla Gutiérrez, con los militares. Ya mañana voy a quedar libre, con la gracia de Dios. ¿Y cómo lo ven lo que me proponen? Que quieren que yo me meta a la milicia.

Nos estaba diciendo que el coronel con quien trataba el asunto de haberle faltado al respeto a los militares, él mismo le había ofrecido enrolarlo como soldado, pero incluso con algún grado.

—Puees… metete –le aconsejamos todos–. Agarrás trabajo formal, ganás tu paga y ahí se acaban tus problemas. Si te quedás, te va a seguir haciendo la vida imposible este viejo jijo’e-puta. Luego, en cuanto podás, ya lo llevás tu mujer.

Ansí le dijimos. Y sí. No tenía ni un año que se había casado con la Julieta Gordillo Osorio, una de las mujeres más chulas que ha dado Los Cuxtepeques. Ya tenían un hijito y vivían ahí con el papá, con don Chus Mendoza Albores. En eso estábamos, no había pasado ni media hora, cuando otra vez los milicos, y que nos empiezan a registrar.

—Por el amor de Dios, ¡pero si nos acaban de cachear! –que les decimos.

—Tú te callas, cabrón.

—¡Shht! Ta bueno –nos dijo Mariano—. Vonós ya.

Volvimos por onde habíamos estado, por el rumbo de la cantina de Santiagón, Santiago Ruiz Coutiño. El encargado no sé si era don Eduardo Cruz o el difunto Javier Reyes. Entramos y tomamos dos cervezas, cuando los soldados, ¡otra vez!

—¡Pero qué jijos-de-sus-chingada-madre! Éstos me andan siguiendo –eso fue lo que dijo el buen Mariano–. Ahora sí, vonós ya. Ya no permitamos que nos registren estos vergas, –dijo el Gallo.

Y fue así que ya no nos cachearon. En cuanto ellos entraron por una puerta, nosotros salimos por la otra y ansí salimos, por la otra calle, por el rumbo de la Casa del Pueblo. Ahí estábamos en la esquina parados, cuando vimos que asomaban sus cabezas los soldados.

—Miren ónde están parados aqueos vergas –nos parecía que decían los militares.

—¡Chingue su madre! –dijo Mariano–. Miren… éstos algo se traen. Ya vonós mejor caminando.

Lo platicamos. Pensamos atravesar esas calles, bajar por el arroyito, por la esquina de Goyo García, luego subir junto a la casa de don Agenor Cruz, pasar por la de don Samuel Castro Tamayo, total que ya de ahí estaba cerquita mi casa. Yo fui quien le dijo a Mariano:

—Ve, ansí está mejor, compa. No nos metamo al centro. Dejamo cerca al Vejiga, me dejan en mi casa, pasás a dejar al Zope, y luego, por toda la orillada, te vas por ahí, derechito hasta llegar a tu casa. Y si no querés, te podés quedar aquí, en mi casa. No sea que estos vergas te vayan a llevar pa’ la cárcel.

—Noo. ¿Cómo podés creer? –contestó Mariano–, aquí por la calle más céntrica me voy a ir. No vayan éstos a pensar que les tengo miedo… los jijo’e-la-chingada.

La calle que decíamos era la Segunda Norte Poniente, calle obscura, de barrancos y pochotas; calle de La Media Luna, de don Audato Meza, y tío Marino Bermúdez, casas que estaban antes de llegar a la de don Chus Mendoza; del otro lado del pueblo. Pero Mariano ya no entendió más razón. Nos despedimos ahí, en la esquina de don Manuel Robelo y él agarró por toda la Avenida Central, calle de La Palma y de las casas grandes. Don Melquiades, Abraham, Enrique y yo nos fuimos por el rumbo que dijimos, y ya estábamos llegando a la esquina de don Mariano Cameras, cuando oímos el primer balazo.

—Chingue-su… ¡Ya lo jodieron el pobre Mariano! –dijimos.

—¿Será posible? –preguntó don Melquiades—. Yo lo voy ir a ver.

En eso estábamos cuando ya oímos la balacera en forma. Clarito escuchamos disparos de retrocarga. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! sonó por las calles y barrancas; retumbó bajo el cielo de Los Cuxtepeques.

De ahí fue que decidimos ir a argüendear. Agarramos el rumbo de los disparos, nos encaminamos, aunque llegamos tantito después, como pa’ disimular. Y sí, sí era el pobre Mariano a quien habían acribillado. Lo acababan de sacrificar los de la Partida Militar. A mansalva lo habían asesinado, mero junto al portón de la Asociación Ganadera del pueblo. Ya estaba a punto de llegar al Parque Central, a menos de media cuadra, cuando de por ahí le salieron los soldados. Seguramente le dieron el topón y le dispararon a quemarropa, pues diez balazos le metieron. Esa noche, Mariano no llevaba pistola. Por eso es que no lo entambaron cuando iba con nosotros.

Sin embargo, o pa’cabarlo de joder, ¡qué tamaña desvergüenza!, cuando ya estaba en el suelo, cuando la gente lo pudo ver, ya el ejército le había puesto una pistola en la mano.

—¡Es que se opuso a la autoridad! ¡Opuso resistencia! –dijeron muchos durante esos días.

Al rato, en cuanto lo supieron, todos los de su casa vinieron, aunque no los dejaban entrar. Ni a don Chus Mendoza ni a nadie de la familia los dejaban entrar para ver tendido al hijo de su alma, para no darle oportunidad de reconocer la pistola y testificar ante el juez, decir y probar públicamente que el arma que le habían sobrepuesto, no era la de él ni era conocida.

Los soldados acordonaron el perímetro, hasta la bocacalle que daba hacia la Plaza Central. A las once horas llegó por fin el juez que venía de San Bartolo, el agente del Ministerio Público de ese tiempo, hora en la que por fin pudieron levantar el cadáver. Luego, esa misma tarde, la Federación mandó refuerzos al pueblo; más militares, pues de seguro se arrugaron de miedo, ante el temor de que la gente se levantara contra la milicia; contra la autoridad y contra el viejo mañoso don Rosario.

—¡Demasiados valientes para tan sólo un hombre, desgraciados! –ansí dicen que dijo don Chus Mendoza–. ¡Malhaya la suerte, hijo de mi corazón! Que si hubieras llevado un arma, la mitad de estos desvergonzados se hubieran ido contigo.

III

Y aquí se acaba la insignificante cobardía de un hombre pequeño, autoritario y relleno de soberbia. La patraña del corazón negro de don Chayo, Rosario Santis del Campo, quien mandó a matar a este buen hombre, como tiempo después lo supo todo el mundo, por boca del propio soldado, aquel Fermín, yerno de don Amador González. Viejo Chayo, quien no creía en nadie, sino sólo en su dinero y en sus propiedades. Aunque aquí también comienza la historia de uno de los hombres más grandes del rumbo; la historia de cuando cobardemente y a traición asesinan a Mariano Mendoza Bassaul, hijo de don Jesús Mendoza Albores y de doña Cristina Bassaul. Cuando él, amigo nuestro, apenas tenía veinte años de edad y estaba en plena flor de la vida.

Su muerte ocurrió a mediados de marzo de 1970, como a las once y media de la noche, muy pocos días antes de la feria del Cuarto Viernes, fiesta del Señor de Las Misericordias. Muerte valiente, al fin, pues diez veces le dispararon los uniformados y no caía; mientras se les iba encima, mentándoles la madre, gritándoles «¡cobardes!, ¡mil veces cobardes!», una y otra vez. Y esto es ansí, créanme, pues el segundo soldado que lo acribilló yo mismo lo encontré bebiendo en cierta ocasión, en la cantina El Perico, de don Humberto Porras. Él, borracho y desinhibido decía, a quien lo quisiera oír:

—No, noo. Pordios, qué jijo’e-la-chingada… ¡Qué valentía! ¡Qué huevos de cabrón! Pero como era buena la paga, puees nos lo tuvimos que tronchar. Yo pensé que al primer plomazo lo íbamos a acurrucar, y qué va. Ni lo sintió. Era un oso cuando venía pa’ delante. El primer balazo se lo pegamos en el pecho, aunque yo pensé que ni le habíamos dado. Y agarramos y le apretamos otros. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Le dejamos ir toda la carga, y como pudo llegó hasta onde estábamos. Toavía me alcanzó a agarrar de las solapas.

Y fue de creerle al tipo, pues Mariano, al caer muerto –cuando a la medianoche lo vimos–, aún tenía en el puño izquierdo pedazos de ropa del soldado.

—Que si me hubiera agarrado del pescuezo –sigue diciendo el soldado–, capaz que toavía me aprieta el cogote. No me agarró del cuello, pero sí se trabó en mi ropa, y hasta me alcanzó a desgajar la camiseta.

Ansí que no cayó, sino hasta la muerte. Se infiere que quedó de rodillas, y así hincado siguió hasta morir, al fin, cuando le metieron el tiro de gracia en la cabeza; cuando se dobló entonces y quedó bocabajo, con el tiro de gracia, desafortunadamente, marca del ejército por esos tiempos.

Y el pueblo –aún la gente lo recuerda– sintió la muerte de Mariano. La sintió hasta lo más profundo de sus entrañas, en especial por la cobardía con que lo asesinaron. Hubo repudio hacia el gobierno y hacia la Federación; hacia las autoridades y hacia el energúmeno ese, autor intelectual, quien descaradamente lo mandó a matar. Hubo aborrecimiento generalizado en contra de él y su familia, y hasta algo de rencor, estoy seguro.

Incluso, como nunca antes, la mediana sociedad, su propia gente, se puso en contra del viejo. Entre ellos don Armando Guillén García, don Armando Albores Aguilar, don Demetrio López Zepeda y don Raúl Coutiño Ristori, este último su propio suegro. Todos ellos se distanciaron de él.

―No hombre, –decía alguien– tío Héctor Coutiño de la Rosa estaba que se lo cargaba diantres. Pues además de quererse con la gente de Mariano, ahí cerca de su casa fue la balacera. No lo podía creer. Estaba que se lo llevaba la chingada de encabronado.

Y en el caso de don Armando Guillén –otro hombre decisivo y con los pantalones puestos– bien decía:

—Hay que correrlos a estos jijos de sus-tal-por-cual. Antes de que algo peor suceda.

Y en efecto, se pusieron de acuerdo y los corrieron. Tan es así que el tal Fermín, el militar maldecido, tuvo un final desdichado. Meses después, de Los Cuxtepeques salió desertado de la milicia. Agarró el sonso desgraciado y se fue pa’ la frontera. No supo a dónde se fue a meter, la tierra de los Bassaul, la familia de doña Mercedes, mamá del buen Mariano, en donde tenía un su hermanito, rumbo en donde ya, algo de tiempo después cayó ¡y que lo agarran! ¡Pobre! Pues lo caparon, le ralearon las patas. En una palabra: lo atormentaron, y pa’cabar de joder, lo largaron después de tanto suplicio. Dicen que se vino pa’cá; que logró llegar todavía hasta la casa del suegro. Aunque naturalmente sólo vino a morir. Por eso es bien cierto aquello de que todo lo que aquí se hace aquí se paga, y el que a hierro mata a hierro muere.

Ya después, pocos días más tarde, durante la feria –castigo de Dios, decía la gente–, los de la Junta de Festejos, comprometidos por la Presidencia Municipal, nombraron al viejo Rosario padrino de algo en una de las entradas de flores. Dijo que bueno, pero que no podría ir ese día por algún asunto, y hasta dicen que hizo gestos de desprecio. Días después, eran las tres o cuatro de la tarde –quemaban cuetes en el atrio de la iglesia de Nuestro Señor–, cuando ahí viene desde allá, cuadra y media de por medio, una vara de cuete de las que ya van pa’bajo, luego de estallar, pero aún prendidas. Ahí viene resoplando el cuete, echando humo, derechito. Y sucede que justo va a caer sobre el estacionamiento, almacén, sala de máquinas y gasolinería del viejo Santis.

Ahí comenzó el fuegarón ¡y que empieza a arder! ¡Y a agarrar fuego la bodega! Estallan dos tambos de gasolina de los grandes. A punto del incendio está la casa de don Rosario, donde doña Tencha, su mujer, por no desperdiciar nada, tenía chiqueros en el fondo. Ante la gran calor, los cochis encerrados cargaron con el corral o saltaron como pudieron. Y ahí va la cochada a la calle. Prende fuego el almacén. Y claro, la gente del pueblo, la gente humilde, luego luego pensó que todo eso era precisamente mandado, castigo de Dios. Una de cal por las que van de arena, decía la gente, ante las tantas desvergüenzas cometidas por el sujeto. Sin embargo, los maldecidos en ese tiempo tuvieron suerte.

Las personas sencillas, la pobre gente, nunca guarda rencor y, aunque el viejo Chayo siempre fue nefasto –malo a punto extremo, malo de la peor maldad–, ahí se vio que la gente nuestra es solidaria como siempre, pues dio todo el apoyo para sofocar el fuego. Ubaldo Toalá Hernández, un hombre servicial, por ejemplo, fue uno de los primeros en meterse a brazo partido; de los que más hicieron para apagar el fuego. Entre varios sofocaron la quemazón a cubetazo limpio; a golpe de ramas, barriles de agua, paladas de arena y tierra. Ya por la noche, controlado el fuego, sin embargo, a todos los que ayudaron les dieron de cenar, les dieron trago, se emborracharon.

Lo bueno, después de tanto, es que pordiós que hay razón en todo. Todo se paga en la vida, en el propio mundo que le toca vivir a cada quien y lo peor: con la propia familia. Don Chayo tuvo un su bastardo pue, nieto de don Adelaido Ozuna, un colocho, medio atarantado, tembeleque y de color sarado. Tuvo ese su güero deschavetado, y un tal Pedro bolo, a quien tampoco le fue muy bien. Malvendió sus bienes cuando se vino lo de la inundación de la presa La Angostura, oportunidad que aprovechó él y su familia para huir del pueblo. Los bienes de don Chayo Santis y doña Tencha Coutiño se hicieron agua. El viejo tardó en morir, sufrió de achaques como se merecía, y tuvo una agonía terrible. Y ya pa’cabar, ahora sí: de sus dos únicos hijos formales, todos dicen que se perdieron, que se los tragó la tierra. Que ya nunca nadie supo de ellos.

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